Todo lo que ves son tus manos sobre un volante

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Tus manos sobre un volante. Probablemente sea la imagen que más veces has contemplado en tu vida. El dorso de tus manos, especialmente el de la izquierda, ya que te gusta dejar apoyada en la palanca de cambios la derecha, sobre un volante. En realidad lo importante, lo prioritario, aquello en lo que deberías fijarte, no vayas a tener un disgusto, está más allá de tus extremidades, detrás de ellas, o delante, según se mire, pero el paisaje al otro lado del parabrisas va cambiando a cada instante, más rápido cuanto más cerca, más rápido cuanto más lateral, mientras que la imagen de tus manos sobre el volante, si no la misma, al menos permanece constante, y todo el mundo sabe que es más fácil fijarse en un punto estático que en uno en movimiento. Así que dejas caer la mirada y ahí están, tus manos de siempre, aquellas que te acompañan desde que naciste, sobre un volante.

Para que esa imagen sea significativa hay que conducir mucho, y con mucho no se quiere decir mucho una vez, como, por ejemplo, lo que se conduce para ir de Pontevedra a Rodalquilar de tirón que, desde luego, es un montón, ni tampoco muchas veces a un destino próximo al del punto de partida, como de casa al trabajo y del trabajo a casa dentro de una misma ciudad, pueblo, o incluso calle, que las hay muy largas y/o muy vagos. No, que va. Para que esa imagen te penetre tienes que ser comercial o representante, da lo mismo, de una firma con proyección nacional, o transportista, preferentemente de larga distancia, o, pongamos por caso, repartidor de pan en una zona rural y pasarte al menos dos o tres años de tu vida ejerciendo de forma ininterrumpida como tal. La clave, por lo tanto, es el tiempo.

La primera vez que te fijaste en tus manos sobre un volante fue en un Clio blanco del 92 que compraste de segunda mano a la hermana de un amigo a comienzos del verano de 2006. Tu primer coche. Trabajabas de corresponsal para el diario Segre en el Valle de Aran y te hartabas de recorrer la i griega que conforma su red vial; desde el túnel de Vielha (al sur) a la frontera francesa (al noroeste) por la N-230 o hacia Baqueira-Beret y el Puerto de la Bonaigüa (al noreste) por la C-28, con la capital deth país en la intersección. Distancias cortas, cierto, pero que complementabas con frecuentes viajes a la ciudad condal o el País Vasco. Sin embargo, no fue hasta varios años después, abordo de tu Nissan Primastar, también blanca, también de segunda mano, comprada en Valencia a un vendedor deshonesto, que no desarrollaste tu capacidad de abstracción ante la imagen de tus manos sobre un volante.

Para entonces vivías en la provincia de Tarragona y trabajabas en Lleida, y cuando digo que trabajabas en Lleida quiero decir que te movías por todo su basto territorio, desde les Garrigues al Pallars Sobirà; desde la Franja a la Cerdenya y todo cuanto hay en medio, principalmente extensos campos de cultivo que invitan a la introspección. Fotografías de un criadero de caracoles, de un chaval que tiene un mono como mascota, del obispo de Solsona, de moteros y lutieres, de coleccionistas de muñecas, tractores y perfumes, catadores de aceite y niños y niñas superdotados, productores de peras, manzanas y platarinas y también fabricantes de calcetines y de helados; yonquis y alcaldes, ex yonquis y ex alcaldes, trapecistas y payasos, nobles con un castillo y castillos sin nobles dentro, y entre todos ellas, como nexo de unión, tus manos sobre un volante. Y vuelta a Tarragona, unos cien kilómetros de ida y otros cien de regreso a una media de dos viajes por semana durante cuatro años, lo que da como resultado miles de horas inmovilizado tras un volante con la única imagen constante y perdurable de tus manos sobre él. Así que, no hay que ser un lince, con el tiempo empiezas a apreciar cambios sutiles sobre la piel, tu piel, cada vez más arrugada, menos tersa, con manchas que nacen, manchas que crecen, manchas que cuando la luz es la adecuada, rasante, de amanecer o atardecer, muestran su tridimensionalidad, y piensas ¿serán chungas?, no, tranquilo, solo es que te haces viejo.

Tus manos ni te gustan ni te disgustan; simplemente ya estás acostumbrado a ellas. Dirías, eso sí, que son proporcionadas; las uñas siempre están cortas y desiguales porque te las muerdes y a menudo se te forman padrastros y pequeños cortes porque no eres cuidadoso con ellas. El pulgar, visto frontalmente, siempre te ha recordado la cara de un hombre risueño con gafas de bucear. Tus manos son pequeñas y piensas que son como los peces de un acuario que crecen según el tamaño del recipiente. De niño te gustaba andar por ahí con las manos en los bolsillos. Tal vez se deba a eso. Unas manos que, como las de Paul Auster según su Diario de Invierno, han abierto y cerrado puertas, han puesto bombillas haciéndolas girar en el casquillo, han marcado números de teléfono, han lavado platos, han pasado páginas de libros, han sujetado cámaras fotográficas y apretado sus respectivos disparadores, las han cargado con película que posteriormente han revelado, te han masturbado y limpiado el culo, han tirado de la cadena del retrete, han construido castillos de arena, han atrapado lagartijas y saltamontes y moscas a las que posteriormente han arrancado las alas, te han vestido y desvestido, así como han vestido y desvestido a otras personas, han aplaudido en conciertos y en estadios de fútbol y alguna vez, hace mucho tiempo, también en alguna sala de cine, han golpeado paredes y puertas y estrellado objetos contra la pared, han acariciado cuerpos desnudos; rostros, vientres, otras manos; han acariciado a perros y gatos y caballos y elefantes y hasta a un periquito, han encendido luces y petardos, han apagado luces y despertadores, han estrechado otras manos, han alzado niños del suelo y te han propulsado en el mar, han recolectado fresas y avellanas, han sujetado globos de colores y lanzado confeti en alguna ocasión. Han dicho adiós más veces de las que podrías recordar. Tus manos han tecleado frases como tus manos sobre un volante.

 

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