Sobre Perros y Gatos (II)

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Ivan Ilich se jactaba en secreto de poseer el extraordinario don de comprender hasta los recovecos peor iluminados del alma canina. Incluso alguna vez se había sorprendido pensando si quizás no dejaba de ser también él un perro atrapado en el cuerpo de un viejo misántropo.

Hubo un tiempo en el que había deseado tener el don de conexionar con las mariposas, pero cada vez que había intentado aproximarse a algún lepidóptero éstos habían salido volando, así que Ilich acabó pillando la indirecta y conformándose con comprender, no sin rencor, que en esta vida no se puede tener todo lo que uno quiere. No por ello dejó de admirar su grácil vuelo y su habilidad para esquivar la muerte en la última milésima de segundo cuando, con giros imposibles, conseguían evitar el impacto brutal contra el parabrisas de la furgoneta que por motivos laborales Ilich conducía cada mañana de lunes a sábado e incluso algún que otro domingo, un instinto del que carecían los perros. Esto lo aprendió muy bien el día que sostenía la cabeza seccionada de un ejemplar mitad labrador mitad caniche que él mismo acababa de atropellar al ir conduciendo poco concentrado, pensando en sus cosas, tal vez en cuándo la cultura popular deja de ser cultura popular para convertirse en folklore, sin ir más lejos. Fue en aquel preciso instante que Ivan Ilich, mirando a los ojos aun vivos de aquel perro muerto, se percató de su don y de cual era su misión en esta vida, olvidándose para siempre de los gusanos alados.

Ivan Ilich era repartidor de pan. Repartía barras de pan grandes, pequeñas, integrales, sin sal, integrales sin sal, barras de leña, de centeno, de cereales, baguettes y alguna que otra chapata, pero de las que más repartía era de pan normal, la barra de toda la vida, grande o pequeña, más o menos tostado, pero normal, porque a Ivan Ilich hacía muchos años que le habían asignado la ruta que discurría a través de las grandes extensiones de tierra agrícola y poco pobladas al norte de la ciudad y aquella gente era en su mayoría gente ruda y sin contemplaciones en lo referente al pan y a todo lo demás, por lo que Ivan Ilich la despreciaba, igual que despreciaba a cuantos vivían en las zonas urbanas, aunque por motivos diferentes. Porque por muchos tomates que aquellos paletos le regalaran, por muchas lechugas que le obsequiaran, cuando no eran nueces o manzanas o calabazas o huevos o miel o cualquier otra cosa que de la naturaleza emanara; por mucha cordialidad que sus perennes comentarios sobre el tiempo denotaran, que si que qué frío, que si que qué calor, que si que cuánto llueve, que si que a ver si llueve, un soniquete que a Ivan Ilich, por otro lado, le traía sin cuidado, como si no hubiera temas más acuciantes que tratar; en definitiva, por muchas muestras de afecto que recibiera, todas aquellas personas habían decidido perseverar en la fea costumbre de encadenar sus perros junto a la puerta de sus casas las 24 horas del día, los 365 días del año; generaciones y generaciones de perros y perras privadas de libertad, y esto Ivan Ilich jamás se lo podría perdonar.

Hubiera querido liberarlos a todos, pero el principal problema con el que se encontró es que carecía de las llaves de tanto candado, por lo que decidió mejorar sus condiciones de vida alimentándolos con pan. Les hablaba, los acariciaba, y los alimentaba con el mejor pan de la ciudad. ¡Benditos chuchos! Todos lo saludaban en cuanto veían acercarse la furgoneta, ladrando de alegría y moviendo la cola de un lado a otro como si tuvieran un limpiaparabrisas incrustado en el trasero. La mayoría eran ejemplares mestizos, sin pedigrí, mil leches, un buen cocido de adn, los razzies en un concurso de belleza, pero como ya se dijo, para Ivan Ilich, que lo importante estaba dentro y no fuera, eran como enigmas con cuatro patas a los que con tan solo mirar a los ojos podía descifrar. Y todos le pedían lo mismo, Ivan, llévanos contigo, unos con más urgencia, otros por no quedar mal, porque, aunque Ilich odiaba a todos aquellos palurdos de sus amos por igual, su desarrollado sentido de la justicia lo obligaba a reconocer diferencias no poco notables entre éstos, llegando a elaborar una curiosa teoría en torno a la relación que se establecía entre su carácter y el de sus perros. Según esta teoría, el temperamento de un perro era inversamente proporcional al de su amo: cuanto más mezquino el amo, más simpático era su perro, ya que la carencia prolongada de trato afectivo por parte de su manada, razonaba Ilich, lo empujaba, por una ley natural basada en el principio de compensación, a buscarlo fuera de ella. Por el contrario, aquellos que recibían un trato más benévolo de sus amos también habían desarrollado razones para defenderlos ante los extraños. Pero el viejo repartidor de pan no era en absoluto un extraño para ninguno de aquellos tusos pulgosos y garrapateros, y todos, a su manera, lo adoraban. Bien, todos a excepción de Moisés, el rottweiler de los Romànovich, una gente que incluso para Ilich resultaba de lo más encantadora.

La granja de los Romànovich estaba delimitada por un gran muro de hormigón con alambre de espino en lo alto que le confería un aspecto de campo de concentración, que es lo que Ilich pensaba que debía ser aquel lugar para las miles de ocas que con fines gastronómicos y textiles criaban en régimen de semi-libertad en su interior. La señora Romanovih le tenía dicho que aparcara la furgoneta fuera del recinto y que traspasara a pie el umbral, ya sabe, para evitar muertes innecesarias, y que cerrara bien el portón de madera tras de sí al entrar y al salir, ya sabe, para evitar fugas innecesarias. Una vez dentro, Ilich debía caminar abriéndose paso entre las ocas hasta una raquítica higuera de una de cuyas ramas pendía la bolsa donde debía introducir las tres barras grandes de pan normal, poco tostado a ser posible. Según se aproximaba al árbol, Ilich podía ver como aquella turba emplumada se abría en dos desde el extremo contrario como si fueran las aguas del mismísimo Mar Rojo, dejando a la vista una negra masa de carne compactada corriendo por aquel pasillo blanco directamente hacia él. Era una imagen hermosa y escalofriante a la vez, parecido a contemplar el cuerpo yacente de un niño vestido de domingo en su velorio. Ambas figuras avanzan, el viejo a paso lento, el perro a toda velocidad, y cuando el impacto es inminente, a escaso medio metro el uno del otro, la cadena se tensa y el perro cae fulminado por un instante, apenas un pestañeo. Clavado ya sobre sus patas traseras, los dos cara a cara, a Ilich Moisés le recuerda a la niña del exorcista, película que tenía grabada en vídeo y que había visto en repetidas ocasiones con el objetivo de emular al padre Karras y exorcizar a la bestia negra que se negaba a entrar en razón. Aquel odio hacia su persona lo hería.

El 4 de octubre de 2017, día mundial de los animales, la ciudad amaneció bajo un denso manto de nieve, un fenómeno extraño para aquella época del año, del cual Ilich pudo haber tenido conocimiento si hubiera prestado atención a los comentarios de sus clientes. Además, por si aquel contratiempo meteorológico fuera poco, aquella mañana Ivan Ilich había amanecido con dolor de muelas y un zumbido en el oído izquierdo que no lo dejaban pensar con claridad. Pese a todo, el reparto no iba mal y para cuando llegó a la granja de los Romànovich solo llevaba 13 minutos de retraso sobre el horario habitual. Como de costumbre, Ivan aparcó la furgoneta fuera, abrió el portón de madera exterior y una vez dentro corrió el cerrojo. Dirigió sus pasos hacía la higuera sin fijarse en que las ocas no acudían como cada día a su encuentro; estaba de mejor humor del que había previsto al salir de casa aquella mañana y esta confianza le impidió ver las plumas sueltas esparcidas sobre la nieve pisoteada; iba castañeteando con los dientes una canción de los Eagles, ensimismado, y no reparó en los pequeños tumultos que se habían formado allá y acá sobre la inmaculada superficie. Ni siquiera vio las manchas oscuras en el suelo, rojo sobre blanco. Negro.

PD2: Este texto solo trata de perros pese al título que lo encabeza. Rogamos nos disculpen aquellos que iniciaron la lectura motivados únicamente por un interés hacia los felinos.

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